Una lista de “errores” que revela cómo la gramática también ha trazado fronteras sociales.

Los manuales antiguos de gramática agrupaban bajo el nombre de «vicios del lenguaje» una serie de “fallas” que se consideraba necesario evitar. Entre ellas estaban los solecismos (del griego Solos, ciudad cuyos habitantes eran vistos como propensos a cometer errores), definidos como errores de sintaxis; los barbarismos (del griego bárbaros, “el que balbucea”), entendidos como usos considerados indebidos o extranjerismos; los vulgarismos (del latín vulgaris, “del pueblo”), formas populares consideradas incorrectas; las cacofonías (del griego, “mal sonido”), asociadas a combinaciones desagradables; las anfibologías (del griego, “doble sentido”), es decir, ambigüedades; y los pleonasmos (del griego, “exceso”), vistos como redundancias innecesarias.

En otras palabras, categorías que antes parecían tener carácter de «técnicas» servían para trazar límites entre lo correcto y lo incorrecto, lo culto y lo vulgar, lo legítimo y lo que debía evitarse —no solo en el lenguaje, sino también en quienes lo hablaban.

Entre la gramática y la retórica

Lo interesante es que muchas de estas “faltas” no eran solo gramaticales: en la tradición del trivium medieval, la gramática se ocupaba de la corrección, la retórica de la eficacia de persuadir y la lógica de la coherencia. Así, un pleonasmo podía verse como exceso desde la gramática, pero como recurso enfático desde la retórica. Una anfibología podía ser un error, o una estrategia expresiva para generar curiosidad a su audiencia.

Hoy, la lingüística moderna recoge ese legado desde otro enfoque, más cercano a la ciencia, que describe el uso sin partir necesariamente de juicios normativos.

La morfosintaxis cumple el papel de la gramática clásica; la pragmática y el análisis del discurso heredan el terreno de la retórica; y la semántica formal, junto con parte de la pragmática, se apoya en la lógica.

Es decir, lo que antes se veía como “vicios” ahora se estudia como variaciones, recursos o fenómenos naturales del lenguaje.

La mirada actual sobre el «error»

Hoy ya nos se habla de “vicios” como hacía la gramática tradicional. Lo que antes se llamaba solecismo, barbarismo o vulgarismo se entiende ahora, en lingüística, como variación, contacto entre lenguas o recursos expresivos, más que como fallos.

La norma, en ese sentido, cumple funciones claras de comunicación y estandarización, pero no ha sido del todo neutral: también puede reflejar jerarquías sociales, educativas y culturales, por lo que el ‘error’, en muchos casos, no es una falla inherente del lenguaje, sino una distancia respecto a una norma —especialmente en contextos formales— construida desde ciertos espacios de prestigio.

Ejemplos como «haiga«, tachado como vulgarismo, muestran esto con claridad: fue una forma documentada y extendida durante siglos que alternaba con haya en contextos incluso literarios, y hoy sigue viva en ciertos contextos populares. Del mismo modo, expresiones como “lo vi con mis propios ojos”, aunque señaladas como pleonasmos, se mantienen porque refuerzan y enfatizan lo dicho. Lo que para la gramática normativa era defecto, en el habla real se convierte en recurso expresivo.

Además, incluso las gramáticas tradicionales han mostrado que la corrección nunca se sostuvo en un único criterio. Como explica la investigadora Mónica Velando Casanova (2017), a lo largo del tiempo la RAE ha justificado sus decisiones normativas con criterios cambiantes —uso, tradición, autoridad o rechazo de ‘vicios’—, lo que sugiere una norma construida y sostenida a partir de distintos criterios a lo largo del tiempo. En obras más recientes (1973 y 2009) se observa una mirada más descriptiva y panhispánica, aunque sin dejar del todo claro qué define finalmente lo “correcto”, algo que todavía se percibe en formulaciones como “se recomienda evitar anglicismos”, “se prefiere tal forma” o “se considera incorrecta tal forma”, donde no queda explícito quién decide o, mejor dicho, bajo qué criterio específico.

Tabla comparativa

TérminoOrigenSentido antiguoVisión actual
SolecismoGriego (Solos)Error de sintaxisVariación estructural
BarbarismoGriego (bárbaros)Uso indebido / extranjerismoContacto entre lenguas
VulgarismoLatín (vulgaris)Forma popular incorrectaVariante dialectal
CacofoníaGriego («mal sonido»)Sonido desagradableRecurso estilístico
AnfibologíaGriego («doble sentido»)AmbigüedadEstrategia expresiva
PleonasmoGriego («exceso»)RedundanciaÉnfasis expresivo

Solecismos, barbarismos, vulgarismos, cacofonías, anfibologías y pleonasmos no son simples curiosidades gramaticales: son huellas de siglos de historia. Alguna vez sirvieron para vigilar lo correcto y lo incorrecto, lo culto y lo popular. Hoy, más que errores, nos ayudan a entender cómo la lengua ha sido moldeada por la tradición y las jerarquías sociales.

Quizá lo más importante es que aquello que durante mucho tiempo se llamó “vicio” no era necesariamente un problema del lenguaje, sino una forma de mirar —y de juzgar— a quienes lo hablaban, lo que puede volver al lenguaje una herramienta de ascensión social… o, en ciertos contextos, un mecanismo de exclusión.

Porque al final, hablar de “hablar mal” rara vez ha sido solo una cuestión del lenguaje: ha sido también una forma de ordenar el mundo y de marcar quién pertenece —y quién no.

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