¿Que por qué quienes trabajamos con palabras pedimos contexto siempre que alguien solicita ayuda para traducir un término aislado?

Por palabras como «papi».

Papi puede significar dad o daddy (father) cuando lo dice un niño. También puede significar compa, pana, tío, man, parce, pibe, bro(ther) o wey cuando alguien dice «cámara, papi» por territorios chilangos. Pero también puede significar algo muy distinto cuando alguien —género no especificado a propósito— dice:

«Ay, papi».

Y como podrán imaginar, esa traducción ya depende de muchas más cosas que de un diccionario.

Así que, pelo amor de Deus, como dicen en Brasil… cuando pidan ayuda para traducir una palabra, compartan también el contexto. No somos adivinos.

Y a todo esto, ¿qué es el contexto? Las palabras casi nunca vienen solas.

Para empezar, podemos distinguir entre el contexto lingüístico y el extralingüístico. El primero tiene que ver con las palabras y estructuras que acompañan una expresión; el segundo, con las circunstancias en las que se utiliza. Y ambos pueden cambiar por completo nuestra interpretación.

El contexto lingüístico incluye, por ejemplo, las palabras que aparecen antes y después, la categoría gramatical de cada una (sustantivo, verbo, adjetivo, etc.) y la estructura de la oración. Pensemos en «bajo»: puede ser un verbo («yo bajo»), un adjetivo («un hombre bajo»), un sustantivo («toca el bajo») o una preposición («bajo la mesa»). La palabra es la misma, pero su función y significado cambian según cómo se utilice.

También importan la concordancia, los tiempos verbales, los referentes de los pronombres y las expresiones idiomáticas. No es lo mismo «dar a luz» que «dar luz», ni «no todos vinieron» que «ninguno vino». Incluso la puntuación o las pausas pueden modificar lo que entendemos: «No, quiero ir» y «No quiero ir» son dos mensajes muy distintos.

Por otro lado, está el contexto extralingüístico. Este incluye cosas como quién dijo la frase, a quién se la dijo, en qué situación ocurrió la conversación, en qué lugar y en qué momento. También importa la reacción de quien escucha, el gesto o la cara que puso quien habló, y si la frase se dijo en voz baja, con entusiasmo o con sarcasmo… porque, sí, el sarcasmo también cambia traducciones.

Además, entran en juego otros detalles: el acento de los interlocutores, el país o región de donde son, su edad aproximada, el grado de formalidad de la interacción o el tipo de relación que tienen entre sí. A veces incluso influye si estaban en un contexto laboral, si era una ocasión especial o qué conocimientos y referencias culturales comparten los interlocutores.

En conjunto, estas pistas lingüísticas y extralingüísticas nos permiten interpretar lo que alguien quiso comunicar, más allá del significado aislado de las palabras. Y no siempre basta con saber qué significa una palabra: también necesitamos entender qué pretende comunicar quien la utiliza. Una misma pregunta, por ejemplo, puede funcionar como una petición, una invitación o un reproche.

Pero ok, tampoco hace falta informar absolutamente todo esto. Evidentemente aquí estoy exagerando un poco para enfatizar el punto.

Aun así, la mayor cantidad de contexto posible vale oro para traductores, intérpretes y, en general, cualquier persona que trabaja con la palabra. Y claro, solo por mera coincidencia… también vale oro para los chismosos.

Ni siquiera un diccionario podría dar una traducción adecuada en muchos casos…

y eso que es un diccionario.

Ahora imaginen a uno que es un simple mortal.

Así que, por favor: cuando pidan una traducción, manden también el contexto. ¡Ayúdennos a ayudarlos!

Sobre todo si alguien dijo «Ay, papi». 😁

Fin del comunicado.


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