Viajar no solo es cambiar de lugar; es aprender a leer nuevos códigos. A veces esos códigos están en los gestos, otras en el tono de voz y muchas veces en palabras que no existen en tu idioma… pero que empiezas a usar como si siempre hubieran sido tuyas.

En Brasil, por ejemplo, el signo del pulgar hacia arriba se usa por lo menos tres veces al día: cuando le dices al mesero que todo está bien, cuando le confirmas al de la tienda que entendiste las instrucciones para llegar a tal lugar, cuando le aseguras a un lugareño que su recomendación estuvo acertada. 👍 Es un pequeño gesto que mantiene la interacción fluyendo.

Y hablando de interacción, para llamar la atención no funciona ninguna frase parecida a “excuse me” ni basta con poner cara de duda. Brasil es una cultura de alto contacto. Aquí la palabrita mágica es: “ó!”.

Ó, moça!
Aí ó, cê sabe se…?

Nótese que es una ó abierta (no ô), y proviene de la reducción de olha (del verbo olhar, mirar). Es casi una invitación auditiva a entrar en la conversación.

Tampoco se puede decir “não” así nada más. El “no” rotundo es demasiado frontal para los patrones de interacción brasileños, donde se privilegia la armonía. Si te preguntan si te gustó un parque que te recomendaron y no fue el caso, difícilmente responderás con un simple “não”. Más probable será algo como:

Foi bonito mesmo, só que ainda a gente não estava pronto para essa aventura aí…

Es decir: estuvo bonito, pero… todavía no estábamos listos. El desacuerdo se trabaja; no se lanza abruptamente.

Ahora bien, si vas por unas “brejas” (chelas) a un boteco —mezcla entre barecito y fondita con sillas plegables de madera—, la mesera se volverá tu amiga. Se construirá un tipo de relación comercial-amistosa tan efectiva que hasta te sentirás un poco culpable si faltas un día. Qué conveniente, ¿no?

Y cuando finalmente pides la cuenta, te lanzan la pregunta obligada:
— ¿Vai querer a saideira?

La saideira (de sair, salir) es “la última”. O, mejor dicho, la última… antes de la siguiente. Si eres débil de voluntad bajo el calor brasileño, terminarás pagando la cuenta después de un par de saideiras.

El futbol, por supuesto, es cosa seria. Los domingos se grita en bares y restaurantes a pulmón abierto por el equipo correspondiente. Surprise, surprise!

En el día a día, las lanchonetes (loncherías) reinan. Ahí puedes pedir un pão de queijo (pan de queso) fresco con un suco de {inserte aquí su fruta favorita} —recomiendo açaí— o comer en restaurantes donde pagas la comida por kilo: literalmente pagas lo que comes. A los panes de sal rellenos de alguna delicia se les conoce en conjunto como salgados.

Y luego está la inolvidable vitamina de abacate: licuado de aguacate con azúcar y leche. Sí, dulce. Porque en Brasil —y en buena parte del Cono Sur— el aguacate se come como lo que es realmente: una fruta.

Finalmente, está algo que siempre me sorprende: el cariño hacia México. Tarde o temprano surge conversación sobre novelas mexicanas, El Chavo del Ocho, RBD, el futbol o el Día de Muertos. En un barecito en “Bê Hagá” (Belo Horizonte), frente a la laguna de Pampulha, hasta me descontaron una cerveza de la cuenta solo por ser mexicano y coincidir con el dueño sobre Victoria Rufo. Lo único que yo sabía —y confesé— era que seguramente estaba llorando en alguna parte de México. Jejeje.

Viajar te enseña que las diferencias no son obstáculos, sino códigos nuevos que aprender. Desde el pulgar hacia arriba hasta la saideira, desde el “ó!” hasta la vitamina de abacate, Brasil me recordó que el idioma no solo se habla: se vive.

Irmãos brasileiros, no México vocês também são muito bem-vindos.

Para la Parte II de lo que aprendí en Brasil, haz clic aquí.

Para la Parte II de lo que aprendí en Brasil, haz clic aquí.

September 23, 2015

Deja un comentario

Descubre más desde El choro lingüístico 💬 César Maldonado

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo