Hay ciudades que te sorprenden por su arquitectura. Otras, por su historia. Y luego están las que te sacuden por su cultura cotidiana. Para mí, Países Bajos —y particularmente Ámsterdam— pertenece a esta última categoría.

Es una sociedad que, al menos en la práctica diaria, parece operar bajo un principio sencillo: las jerarquías no otorgan privilegios personales. Seas CEO o lavaplatos, mereces el mismo trato y compartes las mismas responsabilidades.

El CEO va por su propio café y saca sus propias copias. El lavaplatos consigue lo que necesita para hacer su trabajo. No hay asistentes personales orbitando alrededor de un cargo. Y cuando alguien necesita que otra persona haga algo, no basta con “dar la orden”: se explican las razones. La lógica es que todos estén en la misma página y puedan detectar errores para corregirlos colectivamente para aumentar la eficiencia.

La comunicación sigue el mismo patrón. Es directa, concisa y eficiente. A veces, incluso brutalmente honesta. En culturas donde se privilegia la cortesía indirecta o el rodeo para construir cercanía antes de pedir algo, ese estilo puede parecer frío. Pero en el contexto holandés, lo sospechoso es lo contrario: demasiada palabrería puede interpretarse como falta de claridad… o como pérdida de tiempo.

Y, sin embargo, esta franqueza no excluye la amabilidad. Ofrecen apoyo. Y lo ejecutan. Un país pequeño con una mentalidad amplia

Todo Países Bajos tiene menos habitantes que la Ciudad de México. Ámsterdam ronda el millón y medio. Aun así, se siente profundamente cosmopolita. No es una ciudad de rascacielos, pero sí de diversidad: conviven personas provenientes de más de 180 países.

Lo interesante es que no parece existir una presión explícita por “asimilarse”. Nadie te obliga a abandonar tus costumbres. Sin embargo, muchas personas terminan adoptando ciertos rasgos culturales holandeses. Tal vez precisamente porque no se imponen.

Esa paradoja me parece fascinante. Aunque, por supuesto, no todo el mundo ve este modelo con admiración.

Algunas personas critican el estilo de crianza, argumentando que hay demasiada libertad y poca disciplina visible. Otros cuestionan políticas como el uso legal de marihuana en cafés o en espacios privados. ¿Es libertad responsable o libertinaje?

La respuesta depende, en gran medida, del marco cultural desde el que se mire.

Y ahí radica lo interesante: más que ofrecer respuestas cerradas, Países Bajos parece obligarte a examinar tus propios supuestos sobre autoridad, disciplina, jerarquía y libertad.

No pretendo idealizar. Toda sociedad tiene tensiones y contradicciones. Pero sí me llevo una impresión clara: cuando la igualdad no es discurso sino práctica cotidiana, cambia la manera en que las personas interactúan.

Por lo pronto, no digo adiós, sino ¡hasta luego, Ámsterdam!

August 8, 2015


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