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El 28 de septiembre de 2023, tuve la oportunidad de visitar el Quilombo Sacopã en Río de Janeiro como parte de uno de los programas con los que trabajo. Como alguien que siente un profundo cariño por Brasil, su gente y su cultura, esta experiencia tuvo un impacto especial en mí. Más allá de conocer un lugar histórico o participar en una actividad cultural, fue una oportunidad para acercarme a una de las raíces fundamentales de la identidad brasileña: la herencia afrobrasileña.
Con el tiempo he llegado a comprender mejor lo extraordinaria que fue esa experiencia. Sacopã no es un atractivo turístico ni un museo; es una comunidad viva que lleva décadas resistiendo presiones inmobiliarias y disputas legales para permanecer en uno de los espacios más valorizados de Río de Janeiro. Como otros quilombos de Brasil, tiene sus raíces en comunidades afrodescendientes que surgieron como espacios de resistencia frente a la esclavitud. Ubicado en el barrio de Lagoa, donde los precios del suelo son comparables a los de colonias como la Condesa o incluso algunas zonas de Polanco en la Ciudad de México, su existencia recuerda que la historia afrobrasileña no pertenece únicamente al pasado; sigue ocupando espacio, construyendo comunidad y reclamando su derecho a existir en el presente.
Una invitación a cantar juntos
Nos recibieron con una generosidad que todavía recuerdo con claridad. Compartimos café, alimentos preparados por la comunidad, conversaciones y música. Aquella tarde tuve mi primer acercamiento al jongo, una tradición afrobrasileña de canto colectivo y percusión preservada durante generaciones por comunidades negras y considerada una de las raíces culturales que contribuyeron al surgimiento de la samba.
El momento más memorable llegó cuando la comunidad comenzó a cantar colectivamente Sorriso Negro, la emblemática canción de Dona Ivone Lara. No era una presentación para turistas; era un canto compartido que surgía naturalmente entre las personas presentes. En un momento, nuestros anfitriones animaron a quienes no pertenecíamos al quilombo a unirnos al coro, sin importar que algunos no supieran portugués. Comenzamos a cantar junto con ellos y, por unos minutos, dejamos de ser espectadores para convertirnos en participantes de aquella experiencia colectiva.
Recuerdo haber sentido algo que pocas veces he experimentado con tanta claridad: inclusión verdadera. No una inclusión simbólica o declarada, sino una construida a través de un gesto sencillo de bienvenida y participación compartida. Por unos minutos, no sentí que estaba observando una tradición ajena, sino que se me había hecho un espacio dentro de ella.
Aún hoy, cuando vuelvo a escuchar Sorriso Negro, me resulta imposible no regresar mentalmente a aquella tarde en Sacopã.
Del desembarco a la resistencia
La experiencia adquirió aún más significado porque, durante ese mismo viaje, también tuve la oportunidad de visitar el Cais do Valongo. Al igual que Sacopã, no se trata de uno de los lugares que suelen aparecer en las imágenes más conocidas de Río, pero sí de uno de los más importantes para comprender la historia de Brasil y el continente americano. Fue el principal punto de desembarco de personas africanas esclavizadas dentro de uno de los mayores sistemas de trata de seres humanos de la historia y, durante décadas, los vestigios originales del muelle permanecieron enterrados hasta ser redescubiertos durante obras urbanas a principios de la década de 2010. Para mí, ambos lugares quedaron profundamente conectados: Valongo cuenta la historia de la violencia, el desarraigo y la deshumanización; Sacopã, la de la resistencia, la reconstrucción de comunidades y la preservación de una herencia cultural que continúa enriqueciendo a Brasil.
Mi propia historia también ha estado marcada por la migración forzada, la resiliencia y la búsqueda de pertenencia. Aunque las circunstancias son muy distintas, visitar Valongo y Sacopã me llevó a reflexionar sobre preguntas universales relacionadas con el desplazamiento, la identidad y la dignidad humana. Si Valongo habla de la ruptura forzada de innumerables vidas, Sacopã demuestra la extraordinaria capacidad humana de preservar la memoria, reconstruir comunidad y transformar el dolor en cultura, resistencia y esperanza.
Quizás por eso sigo regresando a ese recuerdo casi tres años después. Durante años conocí Brasil a través de su lengua —que no adopté, me adoptó a mí—, de las amistades y colegas que encontré en el camino, y de casi cien estudiantes brasileños a quienes tuve la fortuna de acompañar en su desarrollo como líderes en uno de los programas que coordiné. Pero aquella tarde en Sacopã me permitió acercarme a una capa más profunda de la historia del país. En una tarde de café, jongo y Sorriso Negro, una comunidad que ha luchado por defender su lugar en la ciudad me mostró que la memoria puede preservarse sin excluir y que, a veces, la verdadera inclusión comienza con algo tan sencillo como una invitación a cantar juntos.
The Deep Brazil That Continues to Resist
On September 28, 2023, I had the opportunity to visit the Sacopã Quilombo in Rio de Janeiro as part of one of the programs I support. As someone with a deep affection for Brazil, its people, and its culture, the experience left a lasting impression on me. It was more than a visit to a historical site or a cultural activity—it was a chance to connect with one of the foundational roots of Brazilian identity: its Afro-Brazilian heritage.
Over time, I have come to appreciate just how extraordinary that experience was. Sacopã is not a tourist attraction or a museum; it is a living community that has spent decades resisting real estate pressures and legal disputes in order to remain in one of Rio de Janeiro’s most valuable neighborhoods. Like other quilombos across Brazil, it traces its origins to Afro-descendant communities that emerged as spaces of resistance during the era of slavery. Located in the Lagoa district—where property values rival those of some of the most exclusive neighborhoods in Mexico City—its presence serves as a reminder that Afro-Brazilian history is not confined to the past. It continues to occupy space, build community, and assert its right to exist in the present.
An Invitation to Sing Together
We were welcomed with a generosity I still remember vividly. We shared coffee, food prepared by the community, conversation, and music. That afternoon marked my first encounter with jongo, an Afro-Brazilian tradition of collective singing and percussion that has been preserved by Black communities for generations and is considered one of the cultural roots that helped give rise to samba.
The most memorable moment came when members of the community began singing Sorriso Negro, the iconic song by Dona Ivone Lara. This was not a performance for visitors; it was a shared expression that emerged naturally among those present. At one point, our hosts encouraged those of us who were not from the quilombo to join in, regardless of whether we spoke Portuguese. We began singing alongside them, and for a few minutes, we stopped being observers and became participants in a collective experience.
I remember feeling something I have rarely experienced with such clarity: genuine inclusion. Not the symbolic kind often discussed in theory, but inclusion built through a simple gesture of welcome and shared participation. For a few minutes, I no longer felt like an outsider observing someone else’s tradition; I felt that a place had been made for me within it.
Even today, whenever I hear Sorriso Negro, I am instantly transported back to that afternoon in Sacopã.
From Arrival to Resistance
The experience took on even greater meaning because, during the same trip, I also visited the Valongo Wharf. Like Sacopã, it is not among the places most commonly featured in images of Rio de Janeiro, yet it is one of the most important sites for understanding the history of both Brazil and the Americas. It was the principal landing point for enslaved Africans brought into one of the largest systems of human trafficking in history. For decades, the original remains of the wharf lay buried until they were rediscovered during urban redevelopment projects in the early 2010s. To me, these two places became deeply connected: Valongo tells a story of violence, displacement, and dehumanization; Sacopã tells one of resistance, community rebuilding, and the preservation of a cultural legacy that continues to enrich Brazil today.
My own life has also been shaped by migration, resilience, and the search for belonging. Although the circumstances are very different, visiting Valongo and Sacopã led me to reflect on universal questions surrounding displacement, identity, and human dignity. If Valongo speaks to the forced rupture of countless lives, Sacopã demonstrates humanity’s remarkable capacity to preserve memory, rebuild community, and transform pain into culture, resistance, and hope.
Perhaps that is why I continue to return to this memory nearly three years later. For many years, I came to know Brazil through its language—which did not simply become part of my life; in many ways, it embraced me—through the friendships and professional relationships I built along the way, and through the nearly one hundred Brazilian students I had the privilege of supporting in their leadership development through a program I once coordinated. Yet that afternoon in Sacopã allowed me to connect with a deeper layer of the country’s history. Over coffee, jongo, and Sorriso Negro, a community that has fought to defend its place in the city showed me that memory can be preserved without exclusion and that, sometimes, true inclusion begins with something as simple as an invitation to sing together.

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